Y es cuando llego a Gran Vía cuando cruzo a la
acera de enfrente. Para no desgastar con mis pasos los que dimos juntos. Para
no sentirme tentado de sentarme en el banco donde compartimos un último cigarro
mientras fuimos, aún todavía, dos extraños. Mientras el sol comenzaba a
despertar iluminando el edificio Metrópoli.
Cierro los ojos aun siendo consciente del
peligro de caminar a ciegas. Porque, cuando voy acercándome al parque mi mente,
tan caprichosa y obsesionada con joderme, nos sigue dibujando ahí, aunque ya no
estemos, tumbada a mi lado, riendo y pidiéndome que te acaricie el pelo. Tu
pelo, ay tu pelo, alborotado, libre.
Borrachos aún con la mañana recién estrenada,
descalzos porque querías sentir el rocío en los pies. Descalzos pero felices, infantiles,
traviesos, con gestos torpes y con un café barato en la mano que alternamos con
lo que quedaba de la cerveza. Sin nada más que llevarnos a la boca que nuestros
propios besos.
Mi casa tampoco escapa a tu presencia. Ni yo
al entrar en ella. Busco y rebusco por si has olvidado algo, por si
improvisaste algún escondite para dejarme una nota con tu teléfono y tu nombre.
Y cada día, una rutina más autoimpuesta: me quedo unos instantes en la entrada
del baño, con la puerta entreabierta, concentrándome al máximo, afinando el
oído, para no olvidar la canción que tarareabas cuando el agua de la ducha te
marcaba el ritmo.
Y te sonrío, te sonrío sin que me veas, cada
vez que me siento en el viejo sofá del salón para escucharte decir mi nombre
una vez más. Y bajo la mirada a mi pantalón, para ver si soy capaz de ver la
silueta de tu mano tocando mi mano mientras me hablabas, mientras repetías mi
nombre, mientras hacías eso que se te daba tan bien, volverme loco.
Pero hay algo que sigo sin hacer y es repasar
el momento de nuestro beso en este mismo sofá desgastado. Porque no quiero
desgastar ese recuerdo de tanto pensarlo.
Siete horas y cuarenta minutos. Puede que algo
más. Suficiente para que sigas anclada aquí, con visado indefinido, sin que tú
lo sepas. Inventándome un nombre para ti, escribiendo locuras, secuestrándote
en cada palabra, vistiéndote, desnudándote y jugando con los lunares de tu
cuello. Porque no me diste tiempo a desgranar tus manías, reconocer tus miedos,
describir tus sueños. Por eso me los invento, con cuidado, para no borrar lo
que te hace ser tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario